Criollada, desconfianza y machismo: la experiencia de mujeres clientas en talleres mecánicos peruanos
En el Perú, el machismo está a la vuelta de la esquina. Sin importar la época ni el contexto: se manifiesta en la calle, en los centros de trabajo, en el hogar y también en los talleres mecánicos. Es una herencia cultural que ha sabido perpetuarse con el tiempo, disfrazándose de costumbre o humor, pero que sigue marcando la forma en que hombres y mujeres se relacionan. Este patrón, arraigado en cierto público, refuerza la idea de que ciertos espacios no son propicios ni propios de mujeres incondicionalmente. Los talleres mecánicos son un claro ejemplo de ello: lugares donde el conocimiento técnico se asocia con la autoridad masculina y donde la presencia femenina aún se percibe como punto de objetivación, cosificación e incluso de burlas.
En este entorno, muchas mujeres no solo enfrentan la condescendencia o el abuso de los mecánicos, sino también el riesgo de ser engañadas o tratadas con desprecio, como si no fueran capaces de entender lo que ocurre con su propio vehículo. Para comprender este fenómeno, también es necesario considerar un rasgo cultural muy peruano: la criollada. Este término, que forma parte del imaginario nacional, tiene varios significados según el contexto. Martha Hildebrandt (2021, 44) explica que la criollada puede entenderse como “una expresión de astucia o picardía”, pero también como la tendencia a “burlar las normas o aprovecharse de los demás para beneficio propio”. En el mismo sentido, León (2020, 29) sostiene que la criollada refleja “una mentalidad donde la viveza se convierte en virtud y el respeto por la regla o el otro se percibe como ingenuidad”.
Esta doble cara del criollismo —una mezcla de ingenio y abuso— ha permeado profundamente la cultura laboral peruana, y los talleres mecánicos no son la excepción. En estos espacios, el “saber aprovecharse del cliente” o “sacarle un poquito más” se justifica como parte del negocio, una costumbre que, bajo la lógica de la criollada, se vuelve aceptable aunque sea injusta. Esta lógica se combina con la informalidad del sector, reforzando un entorno en el que las reglas se negocian y la impunidad se normaliza.
La pregunta que orienta esta investigación es: ¿cómo influye la criollada en la desconfianza y el trato desigual hacia las mujeres clientas en los talleres mecánicos del Perú? Esta interrogante no se plantea en el vacío, sino dentro de un marco más amplio: el de la informalidad y la impunidad que caracterizan gran parte del sector automotriz en el país. La ausencia de control estatal, la debilidad de los mecanismos de fiscalización y la costumbre de resolver los conflictos “a la criolla” permiten que muchos talleres, incluso los registrados formalmente, actúen sin mayores consecuencias.
En los espacios informales, la falta de contratos, comprobantes o garantías deja a las clientas sin medios para reclamar ante un mal servicio. Y en los talleres formales, los contratos suelen estar redactados de manera que protegen al negocio por encima del consumidor, lo que termina afectando aún más a las mujeres, quienes enfrentan la doble carga de la desigualdad de género y la desprotección institucional. Esta realidad muestra que el problema no se limita a casos individuales, sino que responde a una estructura social en la que el machismo y la criollada se entrelazan con la informalidad y la falta de ética profesional.
Los talleres mecánicos, en este sentido, se convierten en un espejo del país: reflejan una sociedad donde la astucia se valora más que la transparencia, y donde la desigualdad se reproduce en los espacios más cotidianos. Desde esta perspectiva, la brecha es profunda: existe una limitación real para que las mujeres sean tratadas como iguales dentro de estos talleres. Hablo desde mi lugar de enunciación como estudiante de Derecho y ciudadano que ha observado de cerca cómo funcionan estos espacios, lo que me permite reconocer tanto las desigualdades que se producen como la cultura que las sostiene.
Una de las formas más visibles de esta desigualdad es el acceso desigual al conocimiento técnico. El mecánico no solo repara; controla la información, la interpreta y decide qué es “lo correcto”. La mujer, en cambio, es colocada simbólicamente en un lugar de ignorancia, incluso si tiene conocimientos básicos o experiencia. Esta posición inferiorizada genera una dependencia que abre la puerta a explicaciones condescendientes, diagnósticos exagerados o decisiones tomadas sin su consentimiento real.
Así, la desigualdad no empieza en el precio ni en el servicio, sino en la mirada: la clienta no es tratada como un sujeto informado, sino como alguien que “debe confiar” sin cuestionar. Este trato desigual se refuerza con una forma de comunicación cargada de machismo normalizado. En muchos talleres se les habla a las mujeres en diminutivos, se les explican cosas que no solicitaron o se asume que no entienden términos técnicos. A veces la desigualdad es más burda: se les atiende después de clientes hombres, se pone en duda su palabra o se evita responder directamente a sus preguntas.
Lo que parece cortesía o “explicación amable” es, en realidad, una manera de reducir su autonomía. Es una violencia cotidiana que no deja moretones, pero sí mensajes muy claros: “tú no sabes”, “tú no decides”, “tu palabra vale menos”. Este escenario se agrava debido al nivel de informalidad que caracteriza a buena parte del sector automotriz. La falta de comprobantes, garantías o mecanismos formales de reclamo crea un ambiente donde el abuso puede darse sin consecuencias. Muchas mujeres sienten que, incluso si detectan un engaño, no vale la pena denunciar porque “igual no pasará nada”.
Esta sensación de indefensión no es casual: es el resultado lógico de una cultura que normaliza la desconfianza y el desprecio. No estamos hablando solo de abusos económicos ni de malos tratos aislados, sino de un sistema que combina machismo, criollada e informalidad para producir una desigualdad que afecta directamente la autonomía, la seguridad y la dignidad de las mujeres. Esta realidad es, a mi juicio, un comportamiento incivilizado que no debería tener cabida en un país que se esfuerza por avanzar en derechos, igualdad y respeto.
Que un taller mecánico sea un espacio donde una mujer deba entrar preparada para ser subestimada, engañada o tratada con condescendencia revela fallas profundas que van más allá del sector automotriz: habla de quiénes somos como sociedad. Desde mi lugar de enunciación como estudiante de Derecho y ciudadano que ha observado estas dinámicas de cerca, considero urgente abrir este debate y cuestionar las lógicas culturales que permiten que estas prácticas sigan ocurriendo sin sanción social ni institucional.
Las mujeres deben poder acudir a un taller sin miedo, trabajar en uno sin ser minimizadas y exigir un servicio justo sin que su reclamo sea desacreditado. Transformar estos espacios no solo mejorará la calidad del servicio: es una oportunidad para transformar las relaciones de poder que históricamente han colocado a las mujeres en posiciones de vulnerabilidad. En esencia, discutir este tema no es exagerado ni secundario. Es necesario.
Bibliografía
CBS San Francisco. (2013, 20 de marzo). Study: San Francisco women paying more for car repairs. CBS News.
Hildebrandt, M. (2021, 5 de abril). El significado de “criollada”. El Comercio.
Maira Vidal, M. del M. (2012). La segregación horizontal por género y sus consecuencias en la ocupación masculinizada de mecánico/a en el subsector de reparación de vehículos en España. Laboreal.
Maira-Vidal, M. del M. (2018). Gender barriers at work: A comparison between women train drivers and women garage mechanics in Spain. Cambio.
Nexotrans. (2024, 6 de marzo). El 60% de las mujeres viven trato desigual en talleres y concesionarios. Nexotrans.
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Paredes Gonzales, J. M., & Pajuelo Baldeón, G. M. (2023). Adict@s a las ruedas: Modelo de negocio sostenible de un taller mecánico atendido por mujeres en la ciudad de Lima. Pontificia Universidad Católica del Perú.